La Hora del PostrePensamientos

“La Bodega” por Atlanta Trejo Sánchez

BeFunky-photoFoto: Silvia Grav

Autora: Atlanta Trejo Sánchez

Descripción: melancólica, noble, amorosa e intuitiva

Comentario: Este escrito es gestado en el año 2017, importante para mí porque en ese momento perdimos físicamente a quien inspira el personaje de Fernando.

 

LA BODEGA

Hacía ya mucho que no volvía al Pueblo. Enclavado en la sierra, sus calles estrechas y sus patios terrosos me recordaban muy en el fondo que era un pueblerino. Aun no entiendo por qué esa imagen de mi me disgustaba. Prefería la silueta que con tanto esmero había labrado en la ciudad: la del joven médico, guapo, soltero, con todo el futuro por delante. Hijo seguramente de algún terrateniente de provincia. El viaje en la sierra no había sido fácil, me encontraba bajando del autobús a media madrugada, a un lado de la carretera la niebla se asentaba fría, provocando un sentimiento de abrumadora soledad. Miré mi reloj de pulsera, las 3 de la mañana. “hay que moverse” pensé.

La única calle del pueblo se abría del otro lado del camino, arrastre mi maleta lamentando el terrible estado de la calle, seguro mi equipaje se estropearía. Mi llegada al pueblo no pasó desapercibida, las miradas curiosas de los habitantes, desde sus maltrechas ventanas, me seguían, haciendo aún más pesado mi equipaje.

El ultimo recuerdo de mi infancia en el pueblo no tenía nada que ver con las calles, de hecho, hasta me parece que fui feliz. La casa de mis abuelos, que llamábamos “la bodega”, siempre olía a café recién tostado; el olor se impregnaba en las paredes, en la madera de las ventanas y en el mandil de la nana, que secretamente me llevaba a las narices cada que vez que tenía oportunidad. Esos recuerdos infantiles me reconfortaban. ¿Qué habrá llevado a mi padre a no volver jamás? De más está decir que la llamada sorpresa y la solicitud de ir a nuestros asentamientos me dio mala espina.

Llegue a una bifurcación, ¿derecha o izquierda? Suspiré y tomé el camino de la derecha. Había avanzado medio kilómetro calculé, cuando a lo lejos observé una llama encenderse, el olor a tabaco inundó el aire. Se me hizo agua la boca. Había intentado dejar “el vicio” hace un par de meses, de inmediato manifesté mi ansiedad en las manos sudorosas. Detrás del pretil se extendía un patio de cemento burdo, algunas plantas formaban un desprolijo camino y al fondo, una casa de adobe con techos rojos. En la puerta un anciano flaco hasta los huesos, se mecía lentamente en una mecedora vieja de madera y paja.

-Buenos días – saludé con la secreta intención de que me invitara un poco de tabaco, aunque seguramente estaría rancio, como todo en esa casa. El anciano tardó en contestar lo que me pareció un siglo.

– ¿Quién vive? – preguntó en tono osco y poco amistoso. Percibí que no recibiría bien a un ladrón de cigarrillos, así que cambie mi estrategia. – Disculpe buenos días, señor soy Fernando Rubén Labra, nieto del señor Labra, acabo de llegar y creo que me he perdido. ¿A dónde debo dirigirme? – consideré decir mi nombre completo, para escucharme más respetable.

– ¿Qué anda haciendo por acá a estas horas? Se le hizo tarde- me respondió sin hacer caso a mi conversación. ¿Tarde? temprano, quise corregir. Debe estar sordo, pensé. –Pásele tengo café – dijo mientras aspiraba de su cigarrillo. Empujé la puerta de metal, ya oxidada por los años, la lluvia y el olvido. Caminé sobre el pasto descuidado y el petricor me inundó. Me acerque, a él y sus facciones se aclararon discretamente, había algo en el que me resultaba familiar, pero seguía provocándome desconfianza. Se ajustó el raído sombrero sobre la frente y me acercó un jarro de café con sus manos escuálidas y arrugadas. Huele a muerte pensé.

– usted lleva mucho tiempo aquí – pregunté intentando entablar conversación.

– Mucho, niño – escupió el niño a mi rostro juvenil.

* Conocerá usted a mi abuelo…

* Tu abuelo es un viejo cabrón – me interrumpió y su odio me congeló. – es un hijo de puta, él y solo él es el culpable de todas las desgracias de los Labras.

Sorbí lentamente mi café, decidido a levantarme y agradecer tan esmerada hospitalidad.

-mira chamaco, tu abuelo fue un tirano, se casó con una muchachilla huérfana, fuerte y ciertamente mucho más joven, cuyo único pariente era un hermano flaco y con algunos tornillos sueltos. Se embarcaron los 3 en la búsqueda de un asentamiento tranquilo y próspero. Fue así como llegaron este pueblo olvidado por dios, cuya única bendición es un manantial de agua pura. Encontraron lugar en el negocio del café, hasta convertirse en prósperos productores. Los celos lo enloquecían, casi mataba de golpeas a tu abuela, en sus sueños, porque no osaba tocarla. Hasta de su hermano sospechaba. La maldición estaba en los dos, no entendía que debían cuidarse el uno al otro.

– ¿Cual maldición? – pregunte más asustado que curioso. La niebla seguía cubriendo la calle. Y la mañana seguía siendo fresca.

Tu abuela veía cosas, difuntos – respondió como si hablara de la cosa más normal – ellos venían a verla y ella los escuchaba, los ayudaba. Para ella era más sencillo, pero su hermano sufría. Él no podía tener miedo. Los hombres no temen. Con los años se volvió huraño y arisco. Hablaba solo, pensaba la gente. Está loca, decía la gente. A nadie le sorprendió que se pusiera una escopeta en la boca. Pero la maldición brinca chamaco, se hereda, ya vez, tu tío, el otro loco, el que está internado.

Hablaba de mi tío Ediel, diagnosticado con esquizofrenia hace más de 20 años, huésped en un sanatorio para enfermos mentales en la ciudad, un lugar de mala reputación.

La puerta chirrió, giré sobresaltado y vi a mi abuelo de pie en la entrada. Lo años no habían pasado por él. Seguía siendo grande, aún para su edad, fornido y de mirada penetrante. la frente amplia dejaba ver una cresta de cabello plateado.

Vámonos Fernando – rugió – esta casa está maldita.

Me levanté como rayo, agradecí el café al anciano del ridículo sombrero y lamenté no pedir un cigarrillo antes. Mi abuelo ya había dado media vuelta y caminaba a zancadas entre la niebla. Me apresuré a alcanzarlo.

Llegas tarde – me recriminó – los nuevos siempre llegan tarde. Me condujo a la casa que en antaño olía a café, mantenía el olor… o tal vez eran mis recuerdos. Me sorprendió lo mucho y lo poco que había cambiado. Dejé mis maletas en el pasillo. Las sombras y El baile de una llama de vela me sorprendieron. Olía a flores recién cortadas. Recordé que el día de difuntos en los pueblos se celebra con fiesta y jolgorio a la muerte. Me acerqué al altar tradicional que mi abuela había hecho con ayuda de las criadas. Las ofrendas, las flores, el chocolate… todo evocaba una bienvenida. Coincidencia macabra una muerte en la familia con el Xantolo. Se me erizó la piel de repente. Un cuadro llamo mi atención. En él se veía a mi abuelo en sus mejores años, al lado una burra cargaba a mi abuela delgada y joven… un hombre delgado y con sombrero raído de aspecto ridículo me miraba desde la fotografía descolorida. Era él pensé. Era mi tío abuelo. Busqué un baño para vomitar…

Abuelo – grité. Rezos y más rezos, murmullos. En el centro de la habitación hay un ataúd. Un muerto. Busco una cara familiar entre las siluetas negras que rezan.

Llegas tarde Fernando – me dice mi abuela – le dije que te trajera a casa. Me acercó y con la misma postura rígida y voluminosa, encuentro la cara familiar de mi abuelo en ese cuadro de madera.

Entiendo que la maldición se hereda. Entiendo que nunca volveré a salir del pueblo terroso. Que mi lugar está en la bodega

Vanessa Tacú
wirtten by: Vanessa Tacú
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